Cuentacuentos sin fronteras. Atrio XXVII

Publicado en por Miguel González

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Verdadera ternura produce contemplar a los ancianos adolescentes hacerse eco en sus “ferocidades” atrieras,   de una página promotora de la “conspiratio”, una especie de Apocalipsis anunciador de los complots del capitalismo agonizante por controlar el mundo a través de un gobierno global en la sombra que dejaría la democracia de los países en papel mojado. Da igual que esa página no venga identificada ni con un maldito crédito de ningún tipo ¿quién es el figura que expele cuentos para entretener a ancianitos trasnochados y niñatos analfabetos? Así que ahora, los teólogos rebeldes y los curas anarquistas se dedican al cambio climático y al lado oscuro. Frente a la realidad que no les gusta,  la teoría de la conspiración, porque a ellos lo que “les pone” es una sociedad totalitaria con sus amigos al frente y les fastidia que el liberalismo les gane la partida. El caso es mear fuera del tiesto.

 

Es el sueño lúcido de la progresía andante, la teoría del rompecabezas o de la pirámide: se coge una muestra de hechos que no tienen nada que ver entre sí, se los pasa por la batidora de las ideologías de la destrucción y de la muerte y a fabricar sinapsis entre ellas. No es que la realidad se adapte a unos hechos sino que  cualquier hecho es reinterpretado para que se adapte a la fantasía de los cuentacuentos sin fronteras. Y en su esquemita de la señorita pepis, exégesis de andar por casa, claro está, el poder eclesial juega un papel importante en el adormecimiento de las conciencias, ya lo dijo el primo de zumosol: la religión es el opio del pueblo.

 

Primero fueron revolucionarios; después, progresistas y ahora conspiranoicos. ¡Lo que hay que hacer para salvarle la cara al incompetente de León que no tenía otra alternativa, el pobre,  ante las argucias de los poderes reales en la sombra!

 

Parafraseando a Huxley, el cuento se podría llamar: un mundo de infelices.

 

Miguel González

 

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